Como palomas mandando cartas.

Está semana me dediqué a leer antigua correspondencia que mantengo con mi amigo Rafael desde ya hace unos siete años. Estas cartas, tanto electrónicas como físicas, han sido un camino vertiginoso y hoy vengo con muchas ganas de compartirlo con ustedes. Todo empezó cuando mi amigo se fue a explorar el otro lado del atlántico. Teníamos no más que dieseis años y nuestra amistad era tan fresca como lechuga. Apenas llevábamos un año de conocernos. Quizás fui yo la que inició la línea de correspondencia pero fue él quien tuvo la idea. Antes de partir me pidió que no perdiera contacto, que le escribiera todo y que él en su debido tiempo me contestaría. Así que unos meses después de su partida le escribí el primer correo electrónico, le aclaré que era correo electrónico (no un mensaje de Facebook) porque era más personal y me hacia recordar tiempos remotos. Tiempos en los que no viví pero que me recorrían en las venas. La verdad del asunto es que el primer correo es un tanto cuanto vergonzoso. Le digo lo tanto que lo extraño (con unas faltas de ortografía brutales) y le cuento poco de mi vida. Él en cambio me contestó con su fluidez narrativa de siempre y con unos detalles de vida fenomenales para un par de adolescentes. Los correos electrónicos fueron poco a poco madurando.

La primera metamorfosis, sin mas ni menos, fue la inauguración de este blog. A cada poema que yo publicaba el me contestaba un correo con una fotografía inspirada en ese poema. Fueron unos correos bellísimos llenos de poesía y fotografía que hasta la fecha son de los más nobles de la colección. Luego nos enamoramos por primera vez, y no, no uno del otro, si no cada quien en su lado del Atlantico sufrió el amor por primera vez y los correos electrónicos comenzaron a tener preguntas, a buscar respuestas en el otro. A intentar describir a esa persona que tanto nos gustaba solo con palabras para que quizás el otro también se enamorara. Meses después pasamos juntos el verano en un rancho de San Miguel de Allende en donde los mantras de paz y libertad nos energizaban a cambiar el país desde la educación. Y no solo cambiamos nosotros, los correos electrónicos cambiaron a cartas escritas en pedazos de cuadernos viejos. Siempre haciéndonos preguntas existenciales, preguntas incontestables por unos adolescentes de diecisiete años. El verano terminó y Rafael regresó a Italia. Los correos empezaron a ser más personales. Seguíamos enamorados de la vida, del emprendimiento, del cambio, del verano. Pero eso cayó rápido y nuestros corazones adolescentes se rompieron por primera vez.

Dejamos de escribir.

Un año después, con los corazones restaurados, la vida dió un giro y cambiamos de pociones en el globo. Era ahora yo la que viajaba del otro lado del atlántico. Cambiaba de cuidad cada tres o cuatro días, conocía pueblos, personas y sabores de todo tipo. Con cada nueva experiencia le escribía a Rafael. Por esa sensación antigua recorriendo mis venas en el primer correo decidí escribirle cartas, mandarlas por el correo tradicional y esperar. Cada vez que yo partía de alguna ciudad europea me sentaba a escribir cartas largas, que al principio eran para Rafael y luego terminaron siendo cartas que me escribía a mí misma. Mandé más de quince cartas en total, no todas llegaron, pero de todas me acuerdo. Las preguntas en esos meses sólo incrementaron. Ambos estábamos en procesos de la vida en donde estábamos entiendo a estar solos, a caminar agarrado de la mano de un extraño sintiendo paz, a comprendernos acompañados y en soledad. Rafael me contestaba tarde. Yo no tenía un lugar fijo al cual dirigir una carta. Así que cuando meses después le llegaban cartas contestaba con un correo electrónico las preguntas que yo ya había (en ocaciones) resuelto. Cuando volví a México pasamos seis meses en la misma ciudad. No era necesario escribir. Nos veíamos a platicar y en varias ocaciones comentabamos las cartas que seguían llegando.

Volvimos a enamorarnos, o quizás, nos enamoramos por primera vez. Teníamos veinte años. Cada quien tuvo su historia de amor en dónde entrego el cuerpo completo y todos los días eran sol a lado de las personas que amábamos. Amamos con todo lo que el cuerpo daba y ese quizás fue el problema. Viajamos a distintos puntos de la República juntos, contándonos entre camiones y cervezas lo que hoy nos estaba teniendo más enamorados de nuestras respectivas parejas. Y cuando nos separábamos, yo regresaba a la capital y el se quedaba en calores creativos, volvíamos a los correos. Quizás soy yo la que escribe siempre que lo necesita. Así cuando el hombre de negro decidió sacarme de su vida con palabras viles recurrí a los correos de preguntas interminables. Rafael contestó con la misma fluidez narrativa de siempre. Sabía que decir y qué no decir para apaciguar mis inquietudes. Cuando a él le tocó el turno de salir de su relación también recurrió a los correros, y a las llamadas telefónicas, para amenizar el dolor interior.

Hoy, casi diez años después de que nuestra relación epistolar comenzó las preguntas no han cesado. Puedo decir con orgullo que no tenemos el corazón roto por un amor romántico y que los correos han evolucionado a explicar dolores de otro tipo. Dolores inconcebibles, debilidades, miedos, sueños. Seguimos buscando respuestas en la vida del otro, en su dolor, su manera de amar y en todo lo demás que lo construye como persona. Seguimos diciendo, si esta bien el clima del corazón, que ya sabemos caminar tanto solos como acompañados. No puedo decir con satisfacción que sepamos cómo hacer estas cosas y como sentirnos bien al saber que no sabemos hacerlas. Pero ahí vamos, caminando por la vida cometiendo errores, volviéndonos a enamorar (quizás esta vez con el cuerpo y con el alma) y con la seguridad que en cualquier momento podemos sentarnos a redactar un correo electrónico que nos calmará el día. Y esa melancolía de pasar tardes juntos, de releernos los correos para volver a abrir la herida o para volver a cerrarla es lo que le ha dado una nueva capa a esta amistad. Cierta estabilidad de mi vida viene de esas cartas, de esos amigos adolescentes en busca de la comprensión de sí mismo en las letras del otro.

Disfruté mucho escribir esta parte de mi historia así que espero ustedes hayan disfrutado de leerlas.

Y a ti Rafa, aquí otra cartita para restaurar el corazón.

Bea

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